Me mentía con el miedo que tenía a confiar en ti y equivocarme, mientras que tú, después de tanto dolor me diste una oportunidad. Te abriste. Me dejaste ver tu parte tierna, tu parte triste, tu parte enfadada, tu parte cariñosa; tu pasado, tu presente e incluso me quisiste enseñar tu futuro. Tu futuro conmigo. Juntos. Yo cerré los ojos y entorné la puerta que habías entreabierto con el paso del tiempo esperando que tú la intentaras volver a abrir. Pero me dejaste elegir. Todo dependió de mí. Y la cerré con llave. Te frené. Nos frené. Quise olvidar las despedidas en el portal, los paseos de la mano, los abrazos inesperados, tu risa, las conversaciones infinitas, el cosquilleo al verte y la nube en la que me hacías estar constantemente. ¿Y sabes por qué? Por miedo. Por falta de confianza en nosotros. No te merecía y constantemente tenía esa sensación por lo que pensé que si te apartaba ambos estaríamos mejor, más felices. No se nada de ti desde hace meses, pero me acuerdo de ti todos los días desde entonces. Cualquier detalle, cualquier broma, canción, palabra, lugar, o incluso olor me recuerda a ti. Todo. Me haces volverme a sentir la persona más miserable del mundo al querer que vuelvas después de tanto tiempo. Todo este tiempo he pensado que yo era la víctima, te di la oportunidad de decidir y me dejaste elegir a mi, suponiendo así que no te importaba. Pero quizás te estabas protegiendo. Porque también tenías miedo. Miedo a que te hiciera daño. Y ahora que lo entiendo todo ya es tarde, demasiado tarde para volver a tenerte cerca. Aquí. Conmigo.
Te echo mucho de menos.
Te quiero.
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