Te juro que te creí cuando decías que me querías, que era irreemplazable. Tenía miedo de subirme a tu nube. De que me hicieras volar, pero a pesar de todo terminé confiando en ti. Tenía miedo a caerme de tu nube, a perderte. Pero no era consciente de que la perdida era yo. Tras varias caídas el suelo no es tan doloroso pese a su dureza. A veces tenía miedo de volver a subir, otras en cambio subía sin pensármelo dos veces, la propia inercia me hacía llegar a ti. Pero siempre acababa cayendo. Siempre. Con el paso del tiempo y el áspero roce con el suelo me acabé acostumbrando a él, y acabé creando un pequeño y frío hogar allí. Comencé a sentirme más cómoda abajo, sola, sin miedo a las caídas a gran velocidad. Y acabé de forma permanente en el suelo. Puede que añore las preciosas vistas y la adrenalina que produce estar a grandes alturas con todas mis fuerzas, pero si vuelvo a caer me puedo partir en pedazos. Los cristales tan frágiles no pueden permitirse volar. Y mi casa a varios metros de altitud acabó convirtiéndose en el suelo. En un suelo frío e incómodo, pero menos doloroso que otra caída en picado.
Acostumbrarse a la tristeza te aleja del cielo.
Tener miedo a la felicidad te aleja de ti mismo.