lunes, 24 de marzo de 2014

Rosas rojas.

Ahí está. Por fin llegó a su destino. Aquel lugar le trae tantos recuerdos... Divisa un aparcamiento a lo lejos. Por fin encuentra uno. Después de varias horas conduciendo aparca su coche. No tiene demasiadas ganas de visitar a su hija, pero tiene que hacerlo por mucho que le cueste. Al fin y al cabo es su madre. ‘Es mi obligación’ dijo ella con un escaso murmullo. Otras madres no hubieran hecho esto. Muy pocas tendrían el valor de hacerlo.
Hace de tripas corazón y consigue ponerse de pie en aquella carretera. No hay nada. No ve a nadie en ese lugar. Puede que haya alguien, pero ella tampoco tiene ganas de hablar. Comienza a caminar con aquellas rosas rojas con poco olor. No es la misma desde aquello. Todo es demasiado para ella.
Consigue abrir la puerta sin demasiada gana, y logra poner sus pies en aquel lugar. Con paso lento pero firme llega al hogar de su hija. Con las rosas aún en unas manos temblorosas, se queda mirando aquel sitio. Deja las rosas en la lápida como otra persona cualquiera, intentando no volver a derrumbarse. El nombre de su hija tallado en piedra la deja petrificada. No ha pasado aún bastante tiempo. No estaba preparada. Con lágrimas en los ojos y escasa fuerza, lo único que logra hacer es sentarse en el suelo y llorar.

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